Microcuento 12

El oculista lo citó a las 5:00 en Urquiza al 400. Se confundió, y fue a las 4:00 a Urquiza al 500. Un otorrino lo esperaba.

Microcuento 11

Cuando le dijo que no, que no era broma, se dio cuenta de que estaba frente a un grave problema. 

Microcuento 10

Comparten el último cigarro, callados, esperando. Cae la noche. Ruidos en la selva. Sus paracaídas cuelgan a 6 m del suelo.

Microcuento 9

Se quebró recién cuando cantaron los jilgueros. El viento aporreaba cielo. Llanto, olas, desconsuelo. Él; sólo jaula y barca.

Microcuento 8

Resbalé queriendo escalar el laberinto. Cuando oí los pasos del Minotauro, asumí el fin. Me dejó cigarros y una Biblia. Partió.
Una canilla perdiendo
puntos suspendidos
esperar la lluvia
puchito.


Anudar/ desnudar
ánimos.
A veces, al tiempo era mejor verlo pasar,
ser un pájaro en cable;
sentarse en el desierto,
a tirar piedritas.

Fishertown

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Del mar pescadores al bar,
del agua pescadores al vino.
Red anzuelo naipe hedor;
sueños enroscados;
//arrugas...

Relata y miente y oye y cree,
hombre sin tardes que no es de la tierra.

Una ola, pescador, una barra,
vaivén, pescador;
//fortuna.

Postal #10- El gato del cementerio

¿Qué come el gato del cementerio?
¿Ánimas?, ¿ojos?, ¿palomas?
¿Y las palomas?, ¿qué comen en el cementerio?
¿Pororó?
¿Quién es capaz de comer pororó en un cementerio?
"¡Muchacho, esto no es un cine!" (grita el enterrador mientras sigue cavando).
Un Cadillac verde se aleja a toda marcha; dos patrulleros intentan cruzarlo, pero fracasan y chocan de frente.
Los policías mueren en el acto.
El enterrador comienza un nuevo pozo.


("Lo bueno de esta profesión, es que nunca me va a faltar el laburo").

Cantobar "El Ancla", Postal #7

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El 31 de diciembre, como si fuese un sábado más pero con mejor ropa; Lina Ángela Cisneroz toma una cerveza de la consumición obligatoria del cantobar El Ancla, único lugar de esparcimiento nocturno de aquel pueblo sin río, laguna o mares. Está sola, sentada en la mesa de adelante. Alrededor, grupos de adolescentes grotescamente alborotados. Saluda a los mozos por su nombre, a los que operan el karaoke; hace chistes que los otros no entienden (los otros la ven como el bicho raro del pueblo, pero nadie se lo dice). Un colchón de voces y carcajadas, arriba la música simplificada de arreglos, heterogeneidad de ritmos; siempre la misma luz y la pantalla azul y pelota roja rebotando, el ritmo de la pelota roja rebotando. Se la ve radiante, desenvuelta, este es su lugar. Buena conocedora de los tiempos. Fumando estira su botella toda la noche; viendo a los artistas por cinco minutos pasar por el escenario, al local llenarse de humo, y a las mesas desocupándose. Siente el apaciguamiento del murmullo, el olor de la cerveza caliente. Cinco y media de la mañana. Lina sabe que es el momento. De atrás de la barra sale Claudio, el dueño del karaoke. Como todos los sábados, camina hasta su mesa. La mira a los ojos, y sin que sean necesarias las palabras, la toma de la mano y la invita al escenario. Agarran un micrófono cada uno, y cada uno se acomoda en su puesto. Se miran, hacen en simultáneo el gesto de “Ok” al operador, y suenan los primeros acordes de piano de “Vivo por ella”. Lina se emociona, se lo toma en serio, se superconcentra. Él comienza a cantar las primeras estrofas, una pausa; entra ella, y luego él, y luego los dos juntos; y sienten la letra y se desgarran con ella y no se confunden nunca. La frase final mirándose a los ojos “Yoooo vi-vo per leeeii” y la canción que se escurre. Abrazo. Se oyen los aplausos de los empleados cerrando el bar, de los dos curdas pasados y de la pareja que tranza por primera vez. Ella sonríe, se siente una estrella. Y él, contento porque, total, no le costó nada.